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Camilo Sesto, nacido Camilo Blanes Cortés, era un… cantante. No un cantautor, aunque compusiese sus canciones. Ni un vocalista de un conjunto de rock, aunque hubiese sentido la adolescente fascinación por ese tipo de música y hubiese pertenecido a un par de grupos (Los Dayson, Los Botines) rockeros-poperos. Ni, en los matices del oficio, un cantor, figura asociada al folclore popular. Ni mucho menos, ya que mencionamos el folclore popular, un cantaor.

Era un cantante en la acepción más pura, aceptada y reconocible de la palabra. De la idea. Del concepto. Un cantante clásico. Es decir: buena voz, extensa tesitura, amplio registro, apostura física y una preferencia por las baladas sobre los demás estilos. En resumen: un intérprete melódico por encima de todas las cosas.

Aunque nunca fue ni mucho menos un artista olvidado, su época de esplendor se sitúa en la década de los 70, con una pequeña prolongación a comienzos de los 80 con Perdóname (1980), su último éxito. Las demás canciones de esos primeros 80 son una especie de eco del estruendo anterior: Más y más (1981), Amor, no me ignores (1982), Mi mundo, tú (1983) y Amor de mujer (1984).

Nadie citaría, así, a bote pronto, esas canciones como los éxitos (“sucesos”, decían algunos papanatas copiando del inglés success). Todo el mundo recordaría Algo de mí (1972), Amor, amor (1973), ¿Quieres ser mi amante? y Ayudadme (1974), Jamás y Melina (1975), Mi buen amor (1977), Vivir así es morir de amor (1978)… Y, desde luego, Jesucristo Superstar (1975), la cumbre vocal de Camilo, en el Teatro Alcalá Palace de Madrid, en la obra musical de Andrew Lloyd Webber y Tim Rice. Su interpretación de Getsemaní aún impresiona.

Camilo, ya está dicho, era un cantante clásico. O sea, melódico. O sea, romántico. Repasando sus canciones, casi sorprende, incluso admitiendo esa esencia y esa tendencia temáticas en ellas, la profusión de la palabra “amor” en los títulos.

Camilo y su estilo llegaron a la música oportunamente, cuando declinaban los cantautores, asociados a la llamada “canción protesta”, una etiqueta político-poética en tiempos propicios a la rebeldía. Incluso algunos de ellos mantuvieron la aceptación popular, pero con letras que escapaban de ese tipo de compromiso para adoptar, dentro de su calidad general, temáticas más convencionales.

No en vano coincide Camilo en el tiempo, el espacio y los gustos con la otra gran voz de nuestra música popular: Nino Bravo. Entre 1970 y 1973, el año de su muerte en la carretera, el cantante valenciano (Camilo era alicantino) encadenó sus grandes éxitos: Te quiero, te quieroEsa será mi casa y Puerta de amor (1970), Noelia y Mi gran amor (1971), Un beso y una florMi tierra y Libre (1972) y América, América (1973).

Camilo Sesto forma parte de la memoria sentimental de un país en “tránsito hacia la Transición”. Una época y una voz inolvidables.

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